Escuela en la casa: retrato de nuestra desigualdad íntima

Por Federico Navarro

Fuente: CIPER Académico 18/04/2020

El 7 de abril, el autor de esta columna publicó una foto de Mariví y Emilia en un cibercafé de Peñalolén haciendo malabares para cumplir con las tareas online: sentadas en un cubículo angosto, oscuro, inclinadas sobre la pantalla. Miles reprodujeron la imagen en redes sociales. El mismo investigador presenta aquí otros cinco relatos recogidos a lo largo de Chile. Profesores y estudiantes que lidian con la escasez de recursos del país real: el de los planes móviles con “bolsas de datos”; el del chat con el profesor que también tiene que cuidar a sus hijos; el de las clases por audios de wasap, donde familias y profesores que antes se enfrentaban, ahora se escuchan.

«NO EXISTE LA CLASE MEDIA: EN CHILE HAY POBRES Y HAY RICOS»

(MARIVÍ, SANTIAGO[1])

Mariví y su hija Emilia miran la pantalla en un ciber de Peñalolén, el único del barrio, mientras se aprietan en un mismo cubículo. “Y a los pobres nos dieron tremendos teléfonos y nos dejaron sin computadores, pero para los ricos usar el computador es como cepillarse los dientes, y a través de los computadores la vida va a ser diferente para ellos”.

Mariví le dicta con voz bajita a Emilia la tarea escrita en su cuaderno. Son hojas y hojas de tareas que hay que entregar hoy, lunes, en esta época de coronavirus y clases online, el mismo día en que Chile ha llegado a los 4815 infectados. Me muestra las tareas, pasa las hojas para que lo vea con mis propios ojos. Son las 7 pm. Mariví es técnico en educación parvularia, y se nota: “es que uno nunca deja de ser educador hasta que sale con las patitas para adelante”.

Mientras tipea, Emilia tiene el cuello y la espalda derechos, llamativamente erguidos, porque ha dedicado los últimos ocho años de su vida al ballet. Ahora las clases de ballet siguen por internet, pero no para ella: en su casa no tienen wifi. El papá de Emilia trabaja en la construcción y la empresa que lo contrata todavía no le ha pagado los avances en las obras.

Para el colegio, Emilia tiene que hacer un video de booktuber, “con escenografía y todo, ¿le parece?”, pregunta sin levantar la voz Mariví. Mientras conversamos, el dueño del ciber copia llaves de clientes que ingresan guardando cierta distancia, porque el local también ofrece servicio de cerrajería. Se desplaza en silla de ruedas, pertenece a población de riesgo, pero cobra lo mismo que siempre: $800 la copia. Mariví quiso contratar internet en su casa, pero no se la instalaron por vivir en una “zona roja”. Le ofrecieron internet satelital, pero cuesta $50.000 y no puede pagarlos. “Este ciber me salvó la vida”, dice.

Pero no es su primera opción: “el primer lugar es la biblioteca familiar, porque mucho de lo que se aprende, se aprende en la casa. Si no se puede ahí, la biblioteca municipal o la biblioteca pública de Estación Central, que es muy bonita”. Mariví sacude la cabeza, mira con intensidad: “yo entiendo que tiene que haber continuidad escolar”, aclara, “pero así no se puede”. Mariví no se queja, no pide ayuda, repite que hay casos peores que el de ella. Prefiere contar cuando se tira en la cama con su hija a leer un libro entre las dos: “eso no es conocimiento estandarizado”.

Mientras tanto, Emilia reclama, también bajito, que su mamá le siga dictando.

Ciber de Peñalolén donde estudian Mariví y Emilia.
Biblioteca de Santiago (Fuente: walkingstgo.cl/biblioteca-de-santiago-de-chile).

Biblioteca de la casa de Mariví y Emilia.

«LES DIGO A MIS COMPAÑEROS QUE SE PONGAN MASCARILLAS, QUE USEN LAS BANDANAS QUE USARON EL AÑO PASADO PARA HACER BARRICADAS»

(MIMA, ANTOFAGASTA)

En su casa le dicen Mima, así que lo elige como su seudónimo mientras conversamos. Mima es la presidenta de su curso de 4º medio: imprime las guías, reporta a la profesora jefe, pide cambios en rúbricas o fechas de entrega, recuerda que manden correo para el PACE (Programa de Acompañamiento y Acceso Efectivo a la Educación Superior), pregunta quién tiene problemas, “pero por privado, no en el WhatsApp de grupo, para no avergonzar a nadie”.

A los 8 años, Mima decidió que lo suyo era la gastronomía: su papá estaba desempleado así que entre todos cocinaron y vendieron 300 bandejas de dulces por las calles del barrio. “Eso es como tres mil dulces”, me dice al teléfono con entusiasmo. Y luego, cuando a su hermano le diagnosticaron autismo, se vio obligada a desarrollar su independencia. Hoy Mima se imagina estudiando gastronomía en Argentina o Alemania, teniendo su propia empresa: “soñar es gratis, tú sueña lo que querai, me dijo mi mamá”.

Los martes, jueves y domingos, Mima conecta Youtube en la televisión, se sienta con su papá, mamá y hermano en la mesa del living, cada uno con su biblia en la mano, y se consagran. Así es la rutina religiosa desde que llegó el coronavirus a Antofagasta. El único que sale a trabajar todas las mañanas es su papá, aunque su mamá ahora está confeccionando mascarillas para vender, porque temen que la empresa que lo emplea, vinculada a una minera, lo despida.

Mima repite una y otra vez: ‘nosotros no tenemos clases online: para mí clase online es tener un computador y que esté el profesor, pero a nosotros solo nos mandan guías y trabajos complicados que no se entienden.

Antes de la suspensión por pandemia, Mima tampoco tenía clases en su colegio: durante las tomas de marzo, un día terminaron a las 9.30, otro día los evacuaron a las 11.15, cuando salían los estaba esperando Carabineros y el GOPE (Grupo de Operaciones Policiales Especiales), y los docentes intercedían para que no se los llevaran detenidos.

Mima repite una y otra vez: “nosotros no tenemos clases online: para mí clase online es tener un computador y que esté el profesor, pero a nosotros solo nos mandan guías y trabajos complicados que no se entienden”. Da un ejemplo: el profesor envía la guía por mail, pero la mayoría de los estudiantes solo tienen planes con redes sociales gratis; entonces el que sí tiene internet descarga la guía y la comparte en el grupo de WhatsApp del curso. Otros estudiantes compran bolsas de datos para subir una entrega. Mima es enfática: “siempre me destaqué por ser buena estudiante, por cumplir con todo, nunca fui a una marcha pero, cuando veo algo injusto, digo esto no corresponde, y no lo hago. Si tengo que repetir cuarto medio, lo repito”.

Los problemas son anteriores a la pandemia: en su colegio municipal técnico-profesional Mima aprende gastronomía, pero no puede cocinar tiramisú, distintos tipos de merengue ni nada sofisticado, porque no hay insumos; a veces tiene que llevar el zapallo, la harina o el cilantro para poder hacer los talleres. “Yo pido al gobierno que nos dé apoyo como estudiantes estatales. Al final, somos sus estudiantes. Yo pido que nos escuchen. El estudiante tiene un futuro. Quizás los políticos en diez años estén muertos, pero nosotros vamos a seguir viviendo con las injusticias de este país”.

Mima con su mamá y papá en un evento de la iglesia.
Mima con su ropa de chef representa
a su liceo en una exposición culinaria.

«ES QUE AHORA ES DEMASIADO DISTINTO, ES TODO LO CONTRARIO DE LO QUE HACÍA EN CLASES»

(JUAN, ALREDEDORES DE TEMUCO)

Juan participó hace un tiempo de un estudio de niños talentosos, porque es el mejor estudiante de su curso. Tan buen estudiante es que, cuando lo operaron de apendicitis y estuvo tres meses con licencia, le dieron prórroga para que, al volver, pudiera rendir pruebas representando a la escuela. Hace las tareas en la cocina, porque tiene la mejor luz de la casa.

Juan vive con su abuela y su abuelo en un pueblo rural cerca de Temuco, en la Región de la Araucanía. Tiene 12 años. Su historia es muy diferente de la de su abuelo, que trabaja desde los 7 años, primero como zapatero, después como gasfíter, albañil, camionero, taxista, mecánico. Ahora con 71, aunque se quedó sin ingresos por la cuarentena, dice “estoy bien, vivo feliz con la familia, me siento joven”. Tuvo que ir a una reunión con el profesor jefe de Juan donde le dieron las instrucciones de enseñanza online: vio por primera vez en su vida una presentación en PowerPoint y volvió con un CD y muchas dudas.

Los abuelos de Juan nunca fueron a la escuela. Su abuela es dueña de casa y se crio en una comunidad lafkenche; habla mapuzugun como primera lengua, pero nadie lo sabe: lo revela cuando canta, a solas, en su huerta. Se sienta al lado de Juan, con el mate firme entre sus manos, lo mira de reojo, le dice que va a revisar sus tareas cuando termine, igual que hizo con sus hijas. Cuenta que fue la primera profesora de Juan, “le mostré las letras para que sacara las palabras, aprendió mucho, nunca me trajo un cinco ni un dos”.

Juan responde las tareas en el celular, el único de la casa, pero algunas actividades requieren Word y no hay manera. Esas actividades se las dicta por teléfono a su mamá, que vive en otro pueblo y puede tipearlas en su computador. Todas las tareas son individuales y tienen puntos para el estudiante, porque en su liceo bicentenario son muy exigentes.

Cuando Juan entró a kínder en un colegio de elite de la zona, lo mandaron a la fonoaudióloga, le diagnosticaron problemas de lenguaje, porque hablaba español con el mismo acento que su abuela: le indicaron ejercicios frente al espejo para modificar su pronunciación de la efe, de la jota. Juan al principio pensaba que no sabía hablar, después empezó a corregir a su abuela, pero al final entendió que en la escuela había que hablar distinto que en la casa.

Todos los días, Juan se levanta, toma desayuno, juega a Free Fire o Brawl Stars con sus amigos en el celular, hace las guías del colegio, almuerza, vuelve al celular toda la tarde, “porque no puedo salir a jugar a la pelota”. No se queja mucho, es más bien tímido, pero dice que se siente mal y triste porque “no tengo los medios necesarios para hacer las tareas, ni computador, ni buena señal de internet”. Responde las tareas en el celular, el único de la casa, pero algunas actividades requieren Word y no hay manera. Esas actividades se las dicta por teléfono a su mamá, que vive en otro pueblo y puede tipearlas en su computador. Todas las tareas son individuales y tienen puntos para el estudiante, porque en su liceo bicentenario son muy exigentes.

Las calificaciones son importantes para Juan: espera desde quinto básico el computador que la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (JUNAEB) envía en séptimo a los estudiantes “con mejores promedios y mayor vulnerabilidad” de colegios particulares subvencionados. “¿Usted cree que el gobierno va a adelantar la entrega?”, me pregunta.

Juan haciendo tareas en la cocina de su casa.
Captura de pantalla de partida de Juan con sus amigos en el celular.

Las manos de la abuela de Juan.

«NO PODEMOS NI QUEREMOS PONER A NUESTROS ESTUDIANTES EN UNA CARRERA CONTRA OTROS; NOS INTERESA FORMARLOS»

(ALVARO, SANTIAGO)

Álvaro se graduó en la UMCE (Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación), aunque él prefiere su nombre histórico, “el Pedagógico”, donde aprendió a problematizar un currículum lineal y acumulativo en el que algunos estudiantes se quedan atrás y otros llevan la delantera. Se refiere a los estudiantes del colegio técnico-profesional del sector poniente de Santiago donde enseña lenguaje.

Tiene una banda de música andina, y toca tinkus y tobas por la periferia de Santiago para colaborar con la reconstrucción del tejido social: “nos llaman y tocamos, para acercar a los vecinos”.

Desde que empezaron las clases online, solo uno de cada cuatro estudiantes está enviando las tareas. La mitad de los apoderados directamente no atiende el teléfono. Los estudiantes de Álvaro usan redes sociales que vienen gratis en los planes prepagos de celular, pero no manejan correo electrónico, procesador de texto ni Zoom, ni tampoco tienen computador. “Tuvimos que ceder nuestro teléfono personal para que nos hagan preguntas por WhatsApp, aunque sea exponerse”.

Desde que empezaron las clases online, solo uno de cada cuatro estudiantes está enviando las tareas. La mitad de los apoderados directamente no atiende el teléfono. Los estudiantes de Álvaro usan redes sociales que vienen gratis en los planes prepagos de celular, pero no manejan correo electrónico, procesador de texto ni Zoom, ni tampoco tienen computador.

Las familias tienen trabajos informales, algunos estudiantes viven solos, trabajan, son madres y padres. “Nosotros no seleccionamos, les abrimos la puerta a todos”. Desde el colegio le dieron libertad para determinar prioridades y para aligerar la carga académica, pero no por motivos políticos o pedagógicos, sino prácticos: los estudiantes no responden. Álvaro envía una guía de actividades cada tres semanas. En la última, pidió discutir en familia frases estampadas en murales: “los ricos ponen el virus, los pobres ponen los muertos”; y analizar con una pauta las condiciones de la discusión: ¿se argumentan las opiniones? ¿se negocian los turnos de habla?

“Todavía no sabemos cómo vamos a evaluar, porque no es posible sin que los estudiantes estén presentes en los procesos educativos”. Álvaro tiene 26 años y convive con amigos que se quedaron sin ingresos por la pandemia; los gastos básicos y el arriendo se han dificultado y el abastecimiento lo ven semana a semana.

Le pregunto qué le pediría al gobierno: “que garantice el bienestar de las personas”.

Mural cerca del Estadio Monumental, usado por Álvaro en una actividad escolar a distancia (Fuente: twitter.com/scharascharas).

Afiche de uno de los festivales populares donde tocó la banda de Álvaro en 2019 (Fuente: www.facebook.com/FrenteInformativo)
Danzantes Tinku de la Fraternidad Ayllu UCSH recorren las calles de Santiago (Fuente: comunicaciones.ucsh.cl).

«ME QUEDO HASTA LA HORA DEL CUETE RESPONDIENDO LAS TAREAS FOTOGRAFIADAS Y LOS AUDIOS, UNO A UNO»

(CECILIA, PURÉN)

La escuela Caupolicán donde Cecilia enseña mapuzugun, a mitad de camino entre Los Ángeles y Temuco, se abre una vez a la semana. Ese día se preparan las cajas de comida de la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (JUNAEB), y también se imprimen las guías que irán a las casas de los estudiantes de multigrado. Otras escuelas rurales de la región tienen pocos alumnos y el sistema de financiación por matrícula impide arreglar las goteras o reparar el techo que se cayó en el último temporal. La escuela de Cecilia, en cambio, está en buenas condiciones con sus 64 niños y niñas de básica.

El día y hora de la clase, Cecilia envía por WhatsApp las instrucciones para hacer las guías, en audio o en video, y responde preguntas de los apoderados, en general abuelas y jefas de hogar, como la propia Cecilia. No hay computadores ni internet fija disponible. Se coordina con docentes de otros años para no superponerse, porque en cada casa hay un solo celular, pero más de un niño. “Tengo listo el trabajo. Se lo puedo enviar por aqui. Es q tengo internet solo para wasap”[2], escribe un estudiante de Cecilia.

En los audios que envían los estudiantes se escucha a las familias de fondo, haciendo sugerencias. Esto es nuevo, porque Cecilia siempre había tenido que lidiar con la resistencia de las familias a la educación intercultural bilingüe: con las clases por WhatsApp, la resistencia se transformó en aceptación y participación.  “Es una cosa mágica”, se entusiasma Cecilia. Esa participación tiene límites: Cecilia no puede pedir que los apoderados marquen los cuadernos o escriban con los niños, porque muchas veces no están alfabetizados. Tampoco ha tenido éxito en el liceo, donde los estudiantes se resisten a hacer las tareas.

“Había una vez una enorme lagartija verde en el patio de mi casa, calentándose al sol. Escuchó el latido de su piwke [corazón], que le decía cosas a su longko [cabeza]”, se escucha en uno de los audios que me envió Cecilia. El currículum y los objetivos de aprendizaje se han ralentizado: “es mucho más lento el proceso, pero creo que es algo bueno para aprender”. Cecilia cree que este tiempo es una oportunidad para aprender otras cosas. De hecho, avisó en la escuela de sus hijos que no harían ninguna tarea escolar hasta nuevo aviso: mejor aprovechar el tiempo para hacer sus ejercicios de violín (el de 11 años) y violoncelo (el de 12) para la orquesta municipal, su verdadera pasión.

Cecilia es feliz en la Región de la Araucanía después de vivir por todo Chile, porque ahí están sus raíces. Pero cuando compra la verdura en la feria, las viejas mapuches la escuchan con atención y la corrigen: “no, así no se dice”.

Un estudiante de Cecilia hace su tarea en la casa.
Tarea de estudiante de 1-2º básico enviada por foto de WhatsApp.
Los hijos de Cecilia estudian sus instrumentos, el más grande viste su trarilonko. Por la ventana se ve su escuela, cerrada.

«NOSOTROS NO VAMOR A CALIFICAR A LOS NIÑOS HASTA QUE NO VUELVAN A LA ESCUELA, YA SEA EN JUNIO O EN OCTUBRE. Y NOS LA ESTAMOS JUGANDO POR AQUELLO»

(RODRIGO, SUR DE CHILE[3])

Rodrigo es enfático mientras conversamos por Zoom: “la prioridad es evaluar los procesos de aprendizaje, y no poner notas”. Estudió en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, en Santiago, antes de mudarse fuera de la Región Metropolitana para ser el director de una de las 30 escuelas artísticas municipales que existen a lo largo del país.

El sello artístico de la escuela también se relaciona con una postura pedagógica: “trabajamos con rutas de aprendizaje, por proyectos, colaborativamente y de forma interdisciplinaria”. Rodrigo explica que cuando alguien se enfrenta a un problema en la vida real, sus conocimientos no se dividen por asignaturas: hay que traer todos los conocimientos que se tengan a mano. En la escuela hacen lo mismo: los docentes de lenguaje, matemáticas y artes audiovisuales, por ejemplo, se articulan en un mismo proyecto. Este trabajo es más lento y largo, pueden aparecer resistencias, pero también es más seguro, profundo y significativo para los aprendizajes. “¿Y qué pasa con el SIMCE (Sistema de Medición de la Calidad de la Educación)?”, le pregunto. “No nos vamos a poner a adiestrar a los chiquillos de manera conductista: nuestra prioridad es el aprendizaje integral y el desarrollo personal”.

Desde que Rodrigo impulsa esta metodología, la matrícula se ha duplicado, profesores de otras regiones atraídos por el proyecto se sumaron a la plantilla, y familias que antes optaban por colegios subvencionados han vuelto al municipal, a pesar de que el colegio tiene un 90% de vulnerabilidad y que está ubicado en una población. Los estudiantes son heterogéneos, algo cada vez menos común en el sistema educativo chileno, “y esa mezcla le hace bien al colegio y a los niños”.

La súbita suspensión de clases declarada en Chile el 15 de marzo puso toda esa complejidad sobre sus hombros: el Ministerio de Educación presionando para que los estudiantes trabajen en sus casas y usen la web aprendoenlinea, pero sin flexibilizar fondos para apoyar con internet o computadores; los docentes -en especial los que tienen hijos a cargo- con enormes dificultades emocionales y prácticas para enseñar online; algunos apoderados que “tiraron la esponja” y optaron porque sus hijos no hicieran nada; un 27% de familias sin internet fijo y un 44% sin computador en sus casas; y la educación artística en suspenso por la imposibilidad de sacar los instrumentos musicales de la escuela.

Rodrigo dice que ha sido terrible, complejo, pero no duda: “vamos a respetar los tiempos de los chiquillos, e impulsamos la compatibilidad entre hogar y trabajo remoto para los docentes”. Le aviso que terminamos la entrevista y le pregunto cómo quiere cerrar su historia; Rodrigo se toma un tiempo antes de responder: “este afán por mantener las clases, por mantener la productividad, es un síntoma de esta enfermedad que transformó la educación en números: el ethos economicista está por sobre el sentido humanista que debería tener la educación”.

Artefactos elaborados por estudiantes de 1º básico en un Proyecto de Ciencias con Artes Visuales.

Exposición de artefactos elaborados por estudiantes, año 2019.

Esculturas elaboradas por estudiantes de 5º básico en Artes Visuales.

BRECHA DIGITAL Y SEGREGACIÓN SOCIAL

Estas historias no pretenden ofrecer casos aislados, romantizar la pobreza, ni mostrar supuestas “historias de superación”. Las dificultades que enfrentan Mariví, Mima, Juan, Álvaro, Cecilia o Rodrigo no se solucionan con un computador o una conexión a internet, aunque ese gesto puede que les ayude, y mucho. La inequidad socioeconómica, la segregación social y la brecha digital son problemas estructurales de las escuelas chilenas, mucho antes de que llegara el coronavirus. Estos problemas estructurales se agudizan con el uso de pruebas como el SIMCE, el academicismo centrado en contenidos y la selectividad competitiva en entornos escolares, que no dan el tiempo necesario a los procesos ni a los vínculos pedagógicos.

Estas historias muestran a directivos, docentes, estudiantes y familias que hacen lo que pueden con lo que tienen, en un contexto de catástrofe sanitaria. Pero estas historias también hablan de realidades y necesidades anteriores al coronavirus: de la diversidad que habita en el centro de las familias y de las aulas, y del derecho a estudiar en escuelas orientadas al bienestar de todos los niños, niñas y jóvenes de Chile. En un contexto de catástrofe sanitaria y de inequidad, el uso urgente de herramientas digitales corre el peligro de dejar con menos oportunidades a quienes ya estaban en desventaja.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Los nombres en la mayoría de las historias son seudónimos y se han ocultado detalles para garantizar la privacidad de las personas. Las historias fueron recogidas mediante entrevistas telefónicas durante la primera quincena de abril de 2020 con consentimiento de los participantes. Las fotos fueron proporcionadas por los entrevistados con autorización para publicación. Los textos fueron revisados y aprobados por los participantes y sus familias antes de su publicación. Se agradece la colaboración de Virginia Zavala, Carlos Tromben, Felipe Hasler, Cristóbal Villalobos y Natalia Ávila, quienes ofrecieron valiosas sugerencias a una versión borrador, y de Mailing Rivera, Ivette Bernier, Ana Luisa Muñoz, Miguel Ramos, Frank Honores y Vania Ramírez, quienes ayudaron a contactar a los entrevistados.

[2] Frase textual

[3] El entrevistado solicitó mantener el dato confidencial

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